Alguna vez te has hecho esta pregunta: ¿estoy escuchando a mis hijos? Yo, muchas veces, pero el poco tiempo que nos queda para pasar tiempo con ellos nos aleja de esa escucha activa y tampoco tenemos unas directrices a seguir para entenderlos y hacerlo de la manera correcta.
La presencia constante de los dispositivos móviles en nuestra vida lleva mucho tiempo transformando las relaciones familiares y, en ocasiones, nos impide prestar a nuestros hijos la atención que necesitan.

En esta entrevista hablamos con Santiago Gallego Vela, pediatra con un máster en trastornos del Neurodesarrollo y autor del libro: ¿Y si mis padres me escucharan? que invita a reflexionar sobre la importancia de escuchar, comprender y acompañar a nuestros hijos, recuperando algo tan esencial como el tiempo y la atención que les dedicamos.
Escuchar no es oír
Santiago, empiezas el libro con una frase contundente: “Escuchar no es oír” y cuentas el caso de ese niño emocionado que va a contar sus triunfos a sus padres y estos no tienen tiempo porque están con el móvil y le restan importancia a ese triunfo con respuestas escuetas y sin levantar la mirada.
Según lo estaba leyendo, pensaba en cómo nosotros, los adultos, hemos caído en la trampa de los dispositivos móviles, de tal forma que como padres y madres de hoy no somos capaces de reconocer que hemos perdido hasta ese tiempo que llamábamos “de calidad” para nuestros hijos.
PyMdH: ¿Crees que los padres y madres somos conscientes de hasta qué punto el uso del móvil y nuestra dependencia de las pantallas están afectando a la comunicación con nuestros hijos?
SGV: Sinceramente, creo que no somos del todo conscientes. Como adultos, hemos caído en una trampa invisible, ya que el diseño de las pantallas está pensado precisamente para secuestrar nuestra atención a través de descargas constantes de dopamina.
El problema es que, mientras miramos el móvil “un segundo”, lo que nuestros hijos reciben al otro lado es un muro de invisibilidad.
Siempre se ha hablado de dar “tiempo de calidad”, pero la calidad no se mide en minutos cronometrados, sino en presencia.
Cuando un niño llega emocionado a contarte un logro y le respondes de forma automática, con un “muy bien, cariño” sin levantar la mirada del teléfono, se produce un cortocircuito emocional.
Para el cerebro infantil y del adolescente en pleno desarrollo, la atención de sus padres es sinónimo de seguridad y validez personal. Si esa atención compite contra una pantalla y pierde, el mensaje que le llega al niño es que lo que hay en este aparato es más importante que tú.
No se trata de demonizar la tecnología ni de cargar a los padres con más culpa, que ya llevamos demasiada sobre los hombros. Se trata de entender que la comunicación real requiere contacto visual, pausa y bidireccionalidad.
Si no somos capaces de soltar el móvil para mirarles a los ojos cuando nos hablan, no podemos pretender que ellos, cuando lleguen a la adolescencia, levanten la mirada de sus propias pantallas para escucharnos a nosotros. En definitiva, hacen lo que hacemos nosotros.

Nuestros hijos necesitan de nuestra mirada y atención
PyMdH: ¿Hemos sustituido, sin darnos cuenta, el tiempo de calidad por una presencia física en la que muchas veces estamos, pero no estamos? Y, sobre todo, ¿cómo podemos recuperar esa escucha y atención que nuestros hijos necesitan?
SGV: Rotundamente sí; hemos confundido estar presentes con estar “de cuerpo presente”. Vivimos en la era de la multitarea y el gran peligro es que los hijos necesitan nuestra mirada, nuestra mirada incondicional, ya que el cerebro infantil lee el contacto visual como amor y seguridad.
Para revertir esto y recuperar la escucha real, hay que crear pequeños “oasis de presencia” en el día a día, gestos tan sencillos como guardar el teléfono en un cajón durante los primeros diez minutos al llegar a casa o prohibir las pantallas durante las comidas en familia. Deberíamos entrenar con ellos la capacidad de mirarnos a la cara.
Apego emocional y cómo influye en la crianza
PyMdH: Por otra parte hay un tema muy importante que mencionas en tu libro, el apego emocional. Cuéntame cómo ese apego emocional puede influir en la crianza y si podemos repetir patrones de crianza sin ser conscientes de ello.
No sé si algunos padres y madres se harán esta pregunta, yo desde luego si: ¿Quién cuida emocionalmente a los padres y madres? porque con lo que demandan los hijos, el trabajo, el estrés diario, entre muchas otras cosas ¿Cómo influye nuestro propio estado emocional en la capacidad de ofrecerles un apego seguro?
SGV: El apego seguro es el colchón emocional que permite a un niño explorar el mundo sabiendo que tiene un lugar seguro al que regresar, pero es imposible ofrecerlo si no miramos primero hacia dentro, ya que tendemos a repetir de forma inconsciente los patrones de crianza que recibimos en nuestra propia infancia.
Respecto a quién cuida de los padres, la realidad es que el sistema actual nos exige ser productivos y perfectos, dejándonos a menudo en el último de la fila; sin embargo, no podemos verter agua desde una jarra vacía.
Si estamos desbordados por el estrés laboral, el cansancio o la falta de autocuidado, nuestro cerebro entra en modo supervivencia y es biológicamente incapaz de sintonizar con las necesidades de nuestros hijos, respondiendo desde la reactividad o el grito en lugar de desde la calma.
Para ofrecer un apego seguro, los padres necesitamos aprender a cuidarnos y a ponernos límites a nosotros mismos, entendiendo que buscar nuestros propios espacios de descompresión y bienestar no es un acto de egoísmo, sino el primer paso indispensable para poder sostener emocionalmente a los que más queremos.
Reconocer nuestros errores nos hace más humanos ante nuestros hijos
PyMdH: Hay tanto de que hablar sobre tu libro que me pasaría horas comentando contigo cada uno de los puntos de los que hablas, pero claro, la idea es que quien nos lee se compre tu libro, que por mi parte es una lectura obligada para padres y madres de hoy, bien sea desde la primera infancia hasta un poco más allá de la adolescencia.
Hablas de que nunca es tarde para estar presente en la vida de nuestros hijos y sobre todo que reconocer nuestros errores ante ellos nos hace humanos y les enseña que equivocarse es parte de la vida y de los errores se aprende.
SGV: Te agradezco de corazón tus palabras y no puedo estar más de acuerdo contigo, reconocer un error ante nuestros hijos no nos resta autoridad, nos hace humanos y les enseña que equivocarse es parte de la vida y es aprendizaje.
Como padres, a veces nos machacamos buscando una perfección idílica que no existe, cuando lo que nuestros hijos necesitan es autenticidad.
Si un día perdemos los papeles y les gritamos, el verdadero valor educativo está en tener la valentía de mirarles a los ojos y decirles: “Lo siento, me he equivocado, estaba cansado y esa no era la forma de hablarte; la próxima vez lo haré mejor”.
Ese pequeño gesto les demuestra que sus emociones importan y les enseña que pedir perdón y reparar el vínculo es el acto de amor más poderoso que existe.
Nunca es tarde para empezar a escucharles de verdad, porque el hilo invisible que nos une a ellos siempre se puede volver a tejer.
Respuestas con monosílabos

PyMdH: Tengo dos adolescentes, y conozco perfectamente esos monosílabos: “bien…” “vale…” “claro…” y siempre pensé que se trataba de “mamá paso de ti…” hablas de detonante de conflicto emocional en un adolescente. Cuéntame ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a superar este conflicto emocional?
SGV: Te entiendo perfectamente, pero esos monosílabos no significan “mamá, paso de ti”, sino “mamá, ahora mismo estoy abrumado por mi propio mundo y no sé cómo expresarlo”.
En la adolescencia, el cerebro emocional va a mil por hora mientras que el racional, que gestiona el lenguaje y el control de impulsos, está todavía “en obras”, lo que genera un tremendo conflicto interno que ellos mismos no logran comprender.
Para ayudarlos a superar este bache, lo peor que podemos hacer es tomárnoslo como un ataque personal o presionarles para que hablen con un tercer grado; la clave está en validar su silencio, mantener la calma y lanzarles un cable invisible diciéndoles algo tan sencillo como: “Veo que ahora no te apetece hablar y lo respeto, pero que sepas que estoy aquí para cuando tú quieras”.
De este modo, rebajamos la tensión del momento y les dejamos la puerta abierta para que, cuando baje su marea emocional, sepan que tienen un puerto seguro y sin juicios al que regresar.
Entender sus emociones
PyMdH: Lo dicho hay tanto que comentar, hablas de las emociones, que no son un problema, son un idioma. ¿Qué deberíamos aprender los padres para interpretar ese idioma? ¿Cómo podemos distinguir cuándo detrás de un enfado, un grito o un “déjame en paz” hay realmente tristeza, miedo, inseguridad o necesidad de atención?

SGV: Para interpretar ese idioma, los padres debemos dejar de mirar la conducta exterior y empezar a buscar la necesidad oculta.
Un grito o un ¡déjame en paz! no son ataques personales, sino la única forma que tienen de traducir su malestar cuando se sienten desbordados.
Para distinguir si detrás hay miedo, tristeza o inseguridad, debemos actuar como detectives emocionales: mantener la calma, no responder con otro grito y esperar a que pase la tormenta.
Solo desde la serenidad podemos mirarles a los ojos y decirles: “Veo que estás furioso, pero intuyo que algo más te preocupa, ¿estás bien?”. Al hacer esto, les ayudamos a descifrar su propio idioma y transformamos ese portazo en un puente de conexión.
La neurociencia nos ayuda a comprender el cerebro de un niño
PyMdH: Explicas que durante la adolescencia el sistema emocional tiene una gran intensidad, mientras que la corteza prefrontal todavía está madurando. ¿Hasta qué punto la neurociencia nos ayuda a comprender determinadas conductas adolescentes? ¿Qué comportamientos debemos entender como parte del desarrollo y cuáles requieren una mayor atención por parte de las familias?
SGV: La neurociencia sería como un mapa que nos permite dejar de juzgar al niño y al adolescente y empezar a comprenderlo, ya que nos explica que su aparente rebeldía es, en realidad, una inmadurez biológica.
Comportamientos como los cambios bruscos de humor, la impulsividad, el aislamiento en su habitación o la búsqueda constante de la aprobación de sus amigos son perfectamente normales y forman parte del diseño evolutivo de su cerebro.
Sin embargo, las familias debemos encender las alarmas y buscar atención profesional cuando estos rasgos se vuelven extremos y persistentes: un aislamiento total que le aleje por completo de su entorno, un bajón drástico y repentino en el rendimiento escolar, agresividad continuada, alteraciones graves en el sueño o la alimentación, o comentarios que reflejen una profunda desesperanza, como la apatía o la anhedonia.
Entender la diferencia nos permite sostener los desafíos lógicos de la edad, pero sin normalizar el sufrimiento o el riesgo.
De niños a adolescentes
PyMdH: Hay un tema que a mi me llegó mucho, el duelo que como padres y madres debemos superar cuando nuestros hijos pasan de ser niños a adolescentes… muchos seguimos hablando de los niños y ya no los son, hace mucho que dejaron de serlo, pero seguimos tratandoles como tales, esto ¿cómo puede afectar el desarrollo emocional de los adolescentes?
SGV: Ese duelo es real y es uno de los pasos más difíciles para nosotros, pero si nos quedamos estancados en el niño que fue, boicoteamos al adulto que está intentando ser.
Tratar a un adolescente como si fuera un niño pequeño es como ponerle unos zapatos que ya le aprietan, ya que frena su desarrollo emocional, destruye su autoestima y genera una enorme frustración que suele estallar en forma de rebeldía o de un aislamiento profundo.
Al infantilizarlos, les enviamos el mensaje de que no los creemos capaces ni autónomos, lo que les genera una gran inseguridad o un fuerte rechazo hacia nosotros. Superar este duelo implica aceptar con madurez que nuestra función ya no es protegerlos de todo en una burbuja, sino dar un paso atrás con orgullo para transicionar del rol de cuidadores al de consultores, permitiéndoles que se equivoquen, que asuman responsabilidades y que sientan que confiamos en su capacidad para volar.

Llegados a este punto, hablemos de pantallas.
PyMdH: En el libro hablas sobre como muchos adolescentes y yo incluiría también a los niños, recurren al móvil, los videojuegos o las redes sociales cuando sienten aburrimiento, tristeza, estrés o ansiedad, porque encuentran un alivio inmediato. ¿Estamos ante una generación que está aprendiendo a gestionar sus emociones a través de las pantallas? ¿Qué consecuencias puede tener que el mundo virtual se convierta en su principal refugio emocional?
SGV: Lamentablemente, sí; estamos enseñando a toda una generación a anestesiar sus emociones a través de un botón en lugar de a gestionarlas.
Las pantallas funcionan como un “analgésico digital perfecto”, cuando un chico siente aburrimiento, soledad o estrés, el móvil o el videojuego le regala una descarga inmediata de dopamina que calma su malestar al instante.
El gran peligro de que el mundo virtual se convierta en su principal refugio emocional es que atrofia su capacidad de tolerancia a la frustración y al aburrimiento, que son los estados donde precisamente nacen la creatividad y la autorregulación.
Si cada vez que experimentan una emoción incómoda la tapan con un estímulo digital, el cerebro nunca aprende a sostener esa emoción, a entenderla y a superarla por sí mismo; el resultado a largo plazo son jóvenes con una enorme fragilidad emocional, mayor riesgo de ansiedad o depresión y una profunda dependencia de un entorno virtual que, en realidad, los desconecta del mundo real y de sí mismos.
Disfrutar de cada momento sin mirar el móvil
PyMdH: Seguro que muchos de nuestros lectores han visto algún berrinche de un/a niño/a en el metro, el supermercado o en un restaurante porque les quitan el móvil o la tablet.
A mi particularmente, me llama la atención ver a niños muy pequeños caminando por un centro comercial o el parque mirando el móvil sin que sus padres se inmuten.
¿Qué señales deberían alertar a los padres de que el uso de la tecnología está dejando de ser saludable? ¿Cómo distinguir una afición intensa de un comportamiento problemático que necesita atención profesional?
SGV: La gran señal de alarma que debe encender todas las alertas es cuando la tecnología empieza a “secuestrar” la vida diaria del menor, es decir, cuando interfiere negativamente en su sueño, su rendimiento escolar, sus comidas o sus relaciones familiares y sociales.
Para distinguir entre una afición intensa y un comportamiento problemático, la clave reside en analizar el control y la reacción: un niño con una afición puede enfadarse comprensiblemente si le quitas la pantalla, pero al poco tiempo es capaz de redirigir su atención hacia otra actividad; en cambio, cuando existe un problema real, la retirada del dispositivo desencadena un berrinche desproporcionado, con una agresividad, ansiedad o angustia incontrolables que demuestran un verdadero síndrome de abstinencia digital.
Si el menor miente sobre las horas que pasa conectado, se aísla por completo o solo experimenta bienestar cuando está frente a la pantalla utilizando el móvil como un anestésico emocional, ya no estamos ante un simple entretenimiento, sino ante una señal clara de que la tecnología domina su vida y se necesita la intervención de un profesional.

No prohibir, educar.
PyMdH: Tal y como comentas en tu libro, el objetivo no debería ser únicamente prohibir o limitar el uso de los dispositivos, sino ampliar el repertorio de respuestas emocionales de los adolescentes. ¿Cómo podemos conseguirlo en la práctica? ¿Qué alternativas y hábitos deberíamos fomentar para que aprendan a gestionar el aburrimiento, el estrés o la tristeza sin recurrir siempre al móvil?
SGV: Para conseguirlo en la práctica, los padres debemos pasar de ser “policías digitales” que solo prohíben a ser facilitadores de alternativas reales, entendiendo que el aburrimiento es el estado natural del que brotan la creatividad y la tolerancia a la frustración.
El primer paso es pactar en casa espacios y tiempos completamente “libres de pantallas”, especialmente durante las comidas y la hora previa a dormir, sustituyendo ese vacío digital por hábitos que fomenten la interacción humana y la desconexión mental: actividades deportivas que liberen endorfinas, juegos de mesa en familia, la lectura compartida o actividades artísticas.
Además, en el momento en que les veamos agobiados o tristes, en lugar de permitir que se anestesien con el móvil, debemos ayudarles a poner nombre a lo que sienten y guiarles hacia herramientas de descompresión saludables, como dar un paseo, escuchar música o simplemente sentarnos a su lado a escucharles sin juzgar.
Al final, se trata de demostrarles con el ejemplo que el estrés o la tristeza no se solucionan huyendo hacia una pantalla, sino transitando esas emociones desde la calma, la presencia y la conexión con el mundo real.
Recomendaciones sobre el uso responsable de dispositivos móviles
PyMdH: Muy interesante, Santiago, todo lo que nos cuentas, para terminar, qué tres consejos darías a los padres que sienten que han perdido la comunicación con sus hijos, que discuten constantemente y que no saben cómo acercarse a ellos, ¿cuáles serían?
Y que recomendaciones para aquellos que empiezan la crianza de sus hijos y el uso responsable de los dispositivos móviles.
SGV: Para las familias atrapadas en la tormenta de la discusión constante, mis tres consejos son:
- Parar el choque inicial.
- Validar antes de corregir.
- Buscar pequeños oasis de presencia diaria; es decir, mantener la calma ante su reactividad porque gritar más fuerte solo levanta muros y nos deja afónicos, escuchar lo que sienten detrás de su enfado sin juzgarlos de inmediato, y regalarles al menos diez minutos de atención exclusiva y visual al llegar a casa.
Por otro lado, para aquellos que están iniciando el maravilloso camino de la crianza, mi recomendación principal es que recuerden que el mejor filtro parental somos nosotros mismos y el ejemplo que les damos con nuestras propias pantallas:
- Retrasar al máximo la entrega del primer dispositivo móvil.
- Evitar por completo usar las pantallas como un “chupete digital” para calmar berrinches o aburrimientos.
- Blindar momentos sagrados de desconexión tecnológica en familia, como las comidas o la hora de ir a dormir.
Nunca olviden que educar no es buscar la perfección idílica, sino transitar este camino desde la autenticidad y la presencia; el hilo invisible que nos une a nuestros hijos siempre se puede volver a tejer, y el primer paso para lograrlo empieza hoy, simplemente guardando el móvil en un cajón y mirándolos a los ojos con nuestro cariño y ternura.
Entrevista: Claudia Marcano
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Imágenes: Canva Pro y Santiago Gallego Vela













