Hace poco leí el libro de un pediatra sobre la importancia de escuchar a nuestros hijos. En uno de los capítulos habla de las emociones y de ese momento en el que, como madres y padres, tenemos que aceptar que nuestros hijos han dejado de ser niños.
Me sentí muy identificada. Mis hijos ya son adolescentes y, aun así, sigo diciendo “los niños” sin darme cuenta. Y si, he de decir que el momento para disfrutar de tus hijos es ahora y te voy a explicar porque.
Este pasado Halloween lo recordé mucho, cuando disfrutaba de mis hijos celebrando esta festividad, ahora lo celebro con los hijos de mis primas.

Unos días después de leer el libro, tuve una conversación con uno de ellos que me removió por dentro. Me dijo que esa personita que yo recuerdo en las fotos ya no es la misma. Que ahora tiene retos, miedos e incertidumbres que antes no tenía, cuando lo único que hacía era disfrutar.
Tenía razón, en algún momento, sin que yo lo notara, dejó de ser aquel niño/a y empezó a ser otra persona, con un mundo propio que ya no siempre comparte conmigo.
“Todas las personas mayores fueron al principio niños, pero pocas lo recuerdan”.
Antoine de Saint-Exupéry lo escribió en El principito
A los padres nos pasa lo contrario: nos cuesta aceptar que nuestros niños ya son mayores. Desde aquella conversación, a quien tiene hijos pequeños siempre le digo lo mismo: disfrútalos todo lo que puedas, porque en nada crecen y la relación cambia.
Por eso esta entrevista me toca tan de cerca el tema principal: disfrutar de tus hijos, ahora. Hablamos con Lucía Galán, pediatra y divulgadora, de esas últimas veces que no se anuncian y que, según el estudio «Es ahora» de Mayoral, dos de cada tres familias solo reconocen cuando ya han pasado.
También hablamos del ritmo que nos arrastra, del móvil que nos roba la mirada y de la presión por ser padres perfectos.
Lucía no trae recetas mágicas, pero sí una invitación que yo misma necesitaba escuchar: mirar con más atención y estar de verdad, ahora.
PyMdH: ¿Por qué a las madres y a los padres nos cuesta tanto ser conscientes de las últimas veces de nuestros hijos y qué podemos hacer para disfrutar más de cada etapa de su infancia?
Lucía Galán: Porque las últimas veces no se anuncian. Las primeras las esperamos, las celebramos, las grabamos con el móvil y las compartimos con toda la familia. Pero las últimas suceden en silencio, en mitad de una mañana cualquiera, y solo las reconocemos cuando ya han pasado.
El estudio «Es ahora», impulsado por Mayoral, lo confirma: dos de cada tres madres y padres no fueron conscientes de esas últimas veces hasta que ya formaban parte del pasado. En los bebés, algunas de las que más se escapan son tan cotidianas como dejar el carrito, gatear o balbucear.
Desde el punto de vista del desarrollo infantil, tiene mucho sentido. Los niños no cambian de un día para otro: van ganando autonomía de forma progresiva, casi imperceptible. Hoy nos piden ayuda para vestirse y, unas semanas después, ya no. Y como nosotros vivimos inmersos en el día a día, ese cambio nos pasa desapercibido.
A mí me ocurrió con mi hijo mayor. No recuerdo la última vez que lo llevé al instituto, porque no sabía que lo era. Ahora, con mi hija pequeña en su último curso, intento vivir esos trayectos de otra manera.
¿Qué podemos hacer? No se trata de vivir obsesionados con que cada momento sea el último, porque eso sería otra forma de dejar de disfrutar. Se trata de mirar con un poco más de atención. De parar, aunque sea unos minutos al día, y estar de verdad con ellos. De entender que cada etapa tiene algo único que no volverá.
Porque no podemos detener el tiempo, pero sí podemos decidir cómo lo vivimos.
PyMdH: El 94,6 % de las familias reconoce que el ritmo frenético del día a día les impide disfrutar del presente con sus hijos. ¿Cómo podemos recuperar tiempo de calidad en familia sin añadir más presión ni culpa a la crianza?
LG: Lo primero, entendiendo que ese dato no habla de familias que no quieren estar con sus hijos, sino de familias agotadas. Criar hoy es muy exigente: trabajamos, cuidamos, organizamos y, muchas veces, llegamos al final del día sin fuerzas para nada más. El propio estudio «Es ahora» señala que, en los primeros años, el trabajo, el cansancio y las tareas del hogar son los grandes frenos al tiempo en familia. Y en el caso de las madres, la carga doméstica pesa todavía más.
Por eso, lo último que necesitamos es que el tiempo de calidad se convierta en una tarea más de la lista.
El tiempo de calidad no requiere planes extraordinarios ni tardes enteras libres. Muchas veces está escondido en lo que ya hacemos: cocinar juntos, conversar en el coche, bañarlos sin prisa o doblar la ropa mientras nos cuentan cómo les ha ido el día. Lo importante es la calidad de nuestra atención, no la cantidad de horas. Diez minutos de juego en el suelo, sin móvil y mirándoles a los ojos, pueden valer más que una tarde entera a medias.
También ayuda revisar prioridades. Quizá la casa no tiene que estar perfecta todos los días, podemos decir que no a algún compromiso o ese rato que dedicamos a llegar a todo podemos dedicarlo, de vez en cuando, simplemente a estar.
No se trata de hacer más, sino de estar mejor en lo que ya hacemos.
PyMdH: Los adultos pasamos mucho tiempo pendientes de nuestros dispositivos móviles, incluso cuando estamos con nuestros hijos. ¿Somos conscientes del tiempo y de las oportunidades de conexión que perdemos por mirar una pantalla? ¿Cómo podemos dar ejemplo y fomentar un uso responsable de la tecnología empezando por nosotros mismos?
LG: Creo que, en general, no. El móvil nos roba tiempo de una forma muy silenciosa: un mensaje, una notificación, un vistazo rápido… y, sin darnos cuenta, nuestro hijo nos estaba contando algo importante y le hemos respondido con un «ajá» sin levantar la vista.
Los niños perciben perfectamente cuándo estamos de verdad y cuándo solo estamos de cuerpo presente. Y aprenden mucho más de lo que hacemos que de lo que les decimos. No tiene mucho sentido pedirles que dejen la tablet si nosotros no somos capaces de soltar el teléfono durante la cena.
Además, el estudio «Es ahora» de Mayoral, muestra que, en la adolescencia, el exceso de pantallas y móviles se convierte en uno de los grandes ladrones del tiempo en familia. Por eso es tan importante empezar a dar ejemplo desde que son pequeños.
Hay gestos sencillos que funcionan muy bien: establecer momentos sin pantallas para toda la familia, como las comidas o la hora de dormir; dejar el móvil en otra habitación cuando jugamos con ellos o les ayudamos con los deberes; silenciar las notificaciones que no son urgentes y, sobre todo, explicarles por qué lo hacemos. No se trata de demonizar la tecnología, que forma parte de nuestras vidas, sino de usarla con conciencia.
Nuestros hijos no necesitan padres desconectados del mundo. Necesitan padres conectados con ellos.
PyMdH: ¿Hasta qué punto la autoexigencia y la presión por ser madres y padres perfectos nos impiden disfrutar de la crianza real? ¿Cómo podemos aprender a rebajar las expectativas y vivir con más tranquilidad el día a día con nuestros hijos?
LG: Muchísimo. Vivimos rodeados de modelos de crianza ideal, en las redes sociales y en todas partes, y es muy fácil compararnos y sentir que nunca llegamos.
Si trabajamos mucho, nos sentimos culpables. También nos pasa cuando perdemos la paciencia, también. O si necesitamos un rato para nosotros, aún más. Y desde ahí es muy difícil disfrutar.
Lo repito a menudo: nuestros hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan padres suficientemente buenos, que los quieran, los cuiden, los escuchen y sean capaces de pedir perdón y reparar cuando se equivocan. De hecho, que nos vean equivocarnos y rectificar es un aprendizaje valiosísimo para ellos.
Para rebajar las expectativas, lo primero es dejar de compararnos: cada familia tiene sus circunstancias, sus recursos y sus tiempos. También ayuda distinguir lo importante de lo accesorio, porque un día sin baño o una cena improvisada no definen nuestra crianza.
Y, por último, necesitamos cuidarnos. Descansar, pedir ayuda y tener espacios propios no es egoísmo: también forma parte de cuidar.
La crianza real no es la de las fotos perfectas. Es la que sucede entre prisas, desorden, risas y abrazos. Y esa es la que nuestros hijos van a recordar.
PyMdH: Cuando nuestros hijos crezcan, probablemente echaremos de menos los pequeños momentos cotidianos más que los grandes acontecimientos. ¿Qué importancia tienen esos instantes en la construcción del vínculo familiar y cómo podemos aprender a valorarlos antes de que pasen?
LG: Una importancia enorme. El vínculo no se construye en los grandes viajes ni en las celebraciones, sino en la repetición de pequeños gestos: el cuento antes de dormir, la conversación camino del colegio, la cena en familia o el abrazo al llegar a casa.
El estudio de Mayoral lo refleja muy bien: buena parte de la nostalgia de los padres no está en los grandes acontecimientos, sino en las escenas cotidianas. Tanto es así que el 96,1 % guarda objetos de sus hijos, como juguetes, dibujos o ropa, a modo de pequeñas cápsulas del tiempo.
Desde el punto de vista del desarrollo infantil, estos momentos son fundamentales. Cuando respondemos a nuestros hijos con cariño y de forma constante, les transmitimos seguridad, les ayudamos a regular sus emociones y les enseñamos que pueden contar con nosotros. Ese es el mensaje que les queda: «Tú me importas».
¿Cómo aprender a valorarlos antes de que pasen? Creo que empieza por cambiar la mirada. Por darnos cuenta de que esa rutina que a veces nos cansa —el baño, el desayuno con prisas o las mil preguntas de cada día— es exactamente lo que algún día echaremos de menos.
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Entrevista realizada por Claudia Marcano
Imagen de portada: Canva Pro













